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Poema.es

Días de 1988 y 1989

Me acuerdo de las noches, siempre muy tarde, que tocaba tu timbre y me obligabas a subir. Y yo estaba borracho, como siempre, y traía mi lista de pecados mor- tales, y a lo mejor temía molestar y tú decías: venga, no seas tonto, cuéntame qué te pasa. Y yo hablaba y hablaba, con la san- gre en la boca de pura adolescencia pisoteada, hasta que me dejaban sin palabras tus ojos y tu risa de certeza absolu- ta de las cosas, porque estabas a salvo del dolor. Y entonces, poco a poco, ibas desmenuzando mi lista de mentiras hasta hacerme sentir demasiado pequeño y preocupado, pero a la vez el mundo ya no era aquel lugar resbaladizo, ya todo estaba bien, porque me habías salvado del dolor. A veces, en alguna de esas noches, cuando yo ya te amaba más que a nada en el mundo, surgía de pronto el ?pero? que había que esquivar mediante subterfugios, toda la noche hablando, y eso no era normal, siendo tú el implacable sabedor de las cosas que no deja pasar nada por alto. Y hoy entiendo que tú te dabas cuenta pero no decías nada y venga a hablar y a hablar, y era porque sabías que yo era demasiado vul- nerable y cobarde, y es que aquel ?pero? éramos simplemente nosotros. Y luego tú te fuiste a otra ciudad. Y cuando regresaste nos mentimos. Y te volviste a ir. Y yo dejé las cosas como estaban. Y hoy has vuelto, después de varios años. Pero ahora la muerte va con- tigo en tu sangre, y esta vez es en serio, ya no es una palabra. Me lo cuentas, qué puedo decir yo. Y lo siento, lo siento. Tú sonríes: no puede hacerse nada, me consue- las a mí porque tú nuevamente vives con las certezas y no hay mayor certeza que la muerte. Y yo he cambiado tanto, pero aún soy el mismo en las cosas peores: ya no soy vulnerable, sigo siendo un cobarde, oculto tras los mis- mos subterfugios, y como siempre tú ya lo has adivinado. Que he ido sustituyendo poco a poco mis sueños por una amurallada fortaleza de hábitos banales, que soy un egoísta e, igual que tan- tos otros, ya no sé hacer preguntas. Aunque cuando te vas se me ocurre, qué extraño, que ahora es cuan- do de veras me arrepiento de haber sido un cobarde y no haber- me acostado contigo entonces. Y ojalá lo supieses, pero no te lo he dicho, igual que entonces. Cómo me gustaría, ya es demasiado tarde, compensar tantos años de ceguera, ser yo quien contestase a ese timbre en la noche, tener los ojos sobrios para ver tu dolor. Desmenuzar tu muerte y apuntalar el mundo, y decirte: Te quiero. Conmigo estás a salvo. Ya no sientes dolor.