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Iván y Arancha en Praga

Si en la cena se hablaba de la noche me apuntaba a los planes en que estuvieran ellos: saberlos entre el grupo era la vida en orden de una forma inconsciente. Sus besos adornaban el verano. Juro que los amé sin yo quererlo, que no escogí el dolor ni la codicia ni preguntarme cómo se querrían a solas o qué significaba yo en sus vidas. Hay una habitación en un lugar de Praga, allí se oye un tranvía y música que llega de los albergues próximos. Yo pasé tantas horas fumando en ese cuarto, luego, ¿a quién le interesan las vidas de los otros? Pero a veces, cuando el grupo importaba y el alcohol era bueno, se podía querer sin ser culpables pues tras cada cerveza sonreía un confidente. ¡Inmensas, fugaces amistades en los viajes de jóvenes!: el amor es la copa que va de mano en mano. Y ella, te acariciaban sus ojos indefensos; junto al lago tuve la quemadura de su brazo en los hombros y un susurro de arbustos. En él todo era la adolescencia, y esa voz salvaje como un fruto o sudar o una isla. ¿Me entendéis? Los amaba en el deseo inútil de haber querido ser cualquiera de los dos en vez de ser yo mismo: ese que mira como un tonto los rostros, las ventanas, ese extraño en el reino de su secreto mundo. Vivir es cruzar ciegos ante puertas cerradas: cansados de nosotros, muy cansados, nos describe mejor todo lo que no somos, y amar es rebelarse, ¡qué intento más idiota! Adiós, adiós, Praga y los autopullmans, adiós, besos, adiós, Puente de Carlos, adiós, islas y ríos y cervezas de Pilsen, adiós a cualquier brindis y a todos los amantes del mundo, adiós, adiós. Que yo me voy al sueño de los libros que no conoceréis. A la vuelta, dormidos con las cabezas juntas, parecían las víctimas de un sangriento holocausto de risas y jadeos. Si algún día me olvidase de todo, de eso no.