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Ebriedad de Dios (4)

He visto a Dios, de frente. Recién bajó de su moto-patrulla luego de haber multado a quienes conducían su existencia a una velocidad que se cree peligrosa para el resto del mundo. Usaba el uniforme gris oscuro de ciertos militares de alto rango henchido de galones y esa imponente cruz al mérito en batalla. Lo pude ver en Auschwitz, a cargo de una hilera de mujeres desnudas voz y labios resecos, los cabellos al rape, unidas con grilletes. Sus ojos, moribundos, bien podrían ser mis ojos: una pobre creyente, tan sola y humillada ante ese Dios enorme que la observa. (La iglesia es otro campo de exterminio). Cuando apenas buscaba mis papeles -acaso algún permiso de poeta- el recio militar se descalzó las botas, arrancó sus medallas la enorme cruz del pecho, el uniforme... Se mostró así, desnudo, con el cabello al rape como lo imaginaba cuando niña. Bebió un poco de vino de mis ojos y después subió al cielo. También he visto al hombre. Sus ojos, como alambres, custodian segundo tras segundo, mi celda de pellejo. (Este poema obtuvo el primer lugar de los Juegos Florales Nacionales de Santiago Ixcuintla, Nayarit, en 1997).