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Ebriedad de Dios (I)

Uno vuelve, siempre, a los viejos sitios donde amó la vida. César Icella Esa tristeza lenta del recuerdo se nos va desdoblando por la cara. Y en lugar de los ojos se humedecen dos profundas hogueras en donde alguna vez frotamos nuestras manos con las de un ser querido. Entonces el amor era un barril de pólvora. Una mecha muy corta nos unía. Nuestra casa era un papel periódico con un asombro nuevo en las noticias. Pero llegó la lluvia y sus relámpagos. Las hojas de la casa no fueron suficientes para formar un barco que nos sacara a flote. Intenté resistir escribiendo en las hojas nuestra casa quemada. Naufragué por mis dedos. Luego encontré en el vino las múltiples razones para escapar de todo: de mi madre y mis hijas, de ti mi propia sombra. Era increíble ver que en un vaso cupieran la luz que yo buscaba, y el fondo inacabable de lo que yo no quise. Me alejé de la lumbre para hallar en los hielos que enfriaban mis angustias un barrio conocido. Allí, dueña de las paredes, las sábanas del vino me negaban los cláxones el timbre del teléfono el puño que golpeaba mi nombre por la puerta: el contacto caliente con el piso. Yo solo pedía tiempo, no a Dios. Le pedí alguna calle, otra lepra en un vaso otra memoria. Me fui acabando entera sin terminar el vaso ¾tan lleno¾ de mi vida. Lenta, en verdad, la vida a pesar del galope del inicio. Apuro lo que bebo y no se acaba al contrario: es más lo que me culpa. Cada uno se despide del mundo como puede... Yo pretendo el sigilo, para no avergonzarme de no enfrentar los ojos de los tantos que me aman. El vino es otra herida inflamatoria para que el hombre sepa de la muerte. Sin embargo, cuando empiezo a morirme Dios hace mucho ruido y me despierta. Y en lugar de ir a la cocina por un vaso voy a la habitación de mis tres hijas, para mirar si duermen... y besarlas, si puedo. (Este poema obtuvo el primer lugar de los Juegos Florales Nacionales de Santiago Ixcuintla, Nayarit, en 1997.)