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Poema.es

Eros

Y... quedaste únicamente tú, implacable Amor, cuando Dios se desmoronó en mis manos carcomido de silencio e inalcanzable altura. Tú y tu dulzor terrible. Solos y únicos a la hora pavorosa de la cuenta estricta, cuando todo se nos vuelve mínimo y sin peso, infinitamente oscuro. Tú, Dios total, poderoso y absoluto, en el sitio preciso de la Nada; sobre el desolado territorio del alma, entre cadáveres de arcángeles tristes, soñadores de intacto fulgor de estrellas. Tú ¡íngrimamente! en el enorme vacío  sin palabras, Y, aunque sólo seas relámpago efímero, salto voraz sobre otro cuerpo que hacemos transitoriamente nuestro; urgidos de anular el límite de nuestra piel y naufragar en otra como en un mar de oscuros éxtasis. Tú y tu fugaz olvido sobre la compartida almohada, entre la tibia intimidad de las sábanas, bajo la noche espesa de preguntas. Tú, Rojo Dios, que haces arder carne, uñas, cabellos, dientes, y...hasta el duro glaciar del corazón cansado de triturar alas rotas y el esqueleto amargo de los sueños.