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Ángeles de proa

I Hemos llegado y no es del mar donde somos, aquí hace tiempo estaba nuestra casa, en el Oriente de los vientos; las mujeres veían pasar las nubes lentas, había plantas muy distintas arraigadas al sol que tanto se recuerda, y era la voz de helechos y largos chayotillos lo que a diario nos llamaba, antigua era la casa de húmedas entrañas, de árboles de sangre y pájaros, 1qs cerros y los montes Se alzaban bruscamente, altas las pendientes y el estanque frío donde extraviamos lo que vimos, después los hombres se fueron hacia el frente hinchados de gloria y de batallas: si alguna vez fuéramos grandes... pero la historia de la tierra se borraba, así, tan solas nos quedamos con el honor y la excelencia al hombro, entonces por boca de la anciana supimos de extrañas ceremonias donde se guarda a Dios y se lame su palabra, árboles se erguían en los sueños y no había olor de azahar, de acanto o de albahaca, los pies eran ligeros, y la lluvia... cantaba un gallo muy lejano, de esos guardados entre pastas de viejas biblias ya olvidadas, hermosos los ojos que leían, ¡ah!, los labios, los sueños de las otras, las olas eran altas, grandes las piedras donde ningún sonido era eterno en las regiones de las aguas; luego, vestidas con las telas y las flores, llegaba el momento de rezar y de llenar la noche con palabras, porque las horas, las horas no se escapan, todas están habitadas, ángeles venidos de la Altura cruzaban muchos círculos, ofrendas de pimientos y frutas muy jugosas eran puestas al paso de los templos, los ángeles con las manos abiertas, decían el Bien decían el Mal hasta la hora en que una estrella aparecía en el firmamento y toda exclamación se disipaba, montes verdísimos lucían sus yerbas de epazote y toronjil, arriba la Virgen del Recuerdo se iba lejos con la cabe/a al sol, el mundo eran los días, calendarios tallados a muerte, voces de una piedra consagrada que sabía del tiempo seco y amarillo de los campos, de la tierra de azúcar verde y de fuego que soñaba con el pan dulce de la escanda, todos estos lugares se oían en los suburbios, y nosotros, mientras narraban, teníamos miedo de los demonios que miran a los niños y pensábamos en esos Santos sin ningún oficio que ardían en las hogueras, con una mano en la boca y la otra en el vacío, luego brotaban los fantasmas de bestias hace siglos ya enterradas, dos sílabas caídas de un cadáver aún mojado por las tibias gotas de la lluvia: el Padre en el abismo que ruega por el sol y su blanca marejada, el Padre en el principio que todo lo reclama, el todopoderoso que guarda de noche su ejército de dioses, caballos de viva sangre eran su primer coro, y la palabra pura en el mundo libre al aire y al mar; de allí los hombres, los mineros, cocina de pan y de miel donde el Padre decía los oráculos, y el cielo tan azul, y su murmullo, la voz del Pez y la derrota de aquello no escuchado, el Tiempo decía que lo borrara de su libro pero él, el único, el todo roca y puro para siempre, cerró su corazón, lamió los márgenes del terebinto y dijo al ermitaño tu será de niña pero tu acción... ¡Señor, el mundo es tan ajeno!, será, narraba aquella anciana, cuando se guarde el sol y de los montes bajen a un feudo de leyendas, en paz con la mesura del enebro, lo harán por la espiral del cielo, el corazón a punto y la marea... así fue el nacimiento de todos los Espíritus, engendrados tan alegres y siempre luminosos, que una ráfaga marina hizo estallar en las semillas bajo el sol; llorosas estaban las Parteras, las algas y las flores rojas de la mar eran mecidas cual frutos muertos bañados de un antiguo secreto, toda la bondad de las raíces en las barbas de la mujer del mar, nosotros decíamos la oración sobre los dulces corazones del espliego, sin otra cosa por hacer que dar la vida más íntima a la tierra; grandes eran los álamos que acogían la ofrenda de buena voluntad y de hermosas maneras fermentadas en monasterios o acaso en frías iglesias, o en el amor que escupe el invisible pordiosero en esos muros hace siglos ya de pena, y la tumba del Señor ?el nuestro? abierta como abierta está la playa al extranjero, su sombra ha quedado aquí porque este mundo de tan ajeno es una página, una violencia jamás escrita, es la luz, la humillación suprema, la gloria donde se hablan y no se miran el minero y su propia sombra, el Uno que sigue al Otro, ellos, los memoriosos, decían un día haber oído al perro y sus ladridos, de las casas salieron sordos ruidos, hombres vestidos de negro, blancos por dentro, como la noche caída en el barranco; allí un ataúd de encino pasaba con su cortejo de estériles mujeres, y no sus manos y no sus rostros eran la ofrenda de los patios donde pálidas las rosas y dulces en su fuerza guardaban el sueño de los hombres de la costa; mar arriba entre las nubes se iba el canto del ejército, y nadie, en la visitación de los extraños, sintió la paz que mata mas no alcanza a disipar los sueños ya de siempre, blancas eran las caras consumidas, blancas también las piedras de la fosa que hizo cavar aquel Sargento, solitaria quedó la ciudad de verdes barrios y de plazas donde vírgenes ancianas adularon la Visitación, y las mujeres tan rojas como azules en la mirada de la mar, dóciles en las esquinas de la noche y lentas, más lentas y profundas, avanzaban con el canto perdido entre los peces, ¡vive allí!, se oyó en las habitaciones solitarias, cuando las tropas en marcha perseguidas, vieron el fin, la tarde de la Víspera, ¡cartílagos tendidos sobre el agua!, yeguas magníficas eran cobalto en los caminos bárbaros, y un viejo sacristán de pie en el muelle decía de Dios y los insectos a tres días de la muerte, ¡guerreros de hermosas manos y cuerpos de árbol!, desnudos van pero gloriosos, a ver al mediodía tallar sus frentes, y toda la congregación de guardias, federales, soldados viudos desde el alba, esperan ya la gracia en las rejas de algas de la mar, en las jaulas de oro que costean a los sepulcros, ¡lágrimas derramamos por los hombres incrédulos de sueños y amarillos en la fiebre!, y el día de San Patricio, bajo el rayo más fuerte de aquel sol, luchamos, la luz a nuestro lado, el tiempo en todas partes y la milicia de los cielos a la voz de la traición, crímenes venidos de muy lejos, vestidos con grebas de bronce y coraza escamada, llevaron la plaga, a los atrios y almacenes, a los patios del herrero donde el huérfano gritaba, y un águila, nacida de montaña, bajaba como loca entre la confusión; el cuerpo ya no existe, atrás quedó el ángel del abismo, ardiente y blanco por la cal del hombre muerto, relámpagos en tal y en tal otra parte, refugios en la voz del monte, gemidos, y Dios, errante y elevado, también perdido entre la confusión; aquí hace tiempo mirábamos un mundo, quizá desesperado, de leyes agotadas, de héroes y de locos, de vendedores y príncipes extintos, un mundo donde el sol se aleja, desciende el horizonte, las piedras abren grietas por donde pasa la muía con su amo que se arrastra, allí surgen los pueblos, lugares que cosechan templos para purificar a santos y a mujeres, rebaños de vacas que lamen las banquetas y más allá repúblicas de hombres tristes. ¡Señor, las calles son de fuego, la historia arde frente a su propio espejo! ¡Señor, estamos perdidos entre la confusión!