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Narciso

Narciso no era bello ni hermoso. Lo embriagó su propia pequeñez, su rostro en el otro rostro. No halló la paradoja, la secreta lámpara, los jaspes, el centro de luz entre sus cejas. No tuvo por dentro un auriga, ni la espada para vencer al tigre, ni bebió de la tórrida, altiva respiración de los dragones. Lo hallé muerto, como las flores remotas que desconocen su origen y su aroma El eco no lo pudo salvar de la muerte de la embriaguez, de su oscura bastardía.