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Objetos al acecho

¿Dónde oculta el peligro sus lobos amarillos? No hay ni siquiera un pliegue en la corriente inmóvil que tapiza este día; ni un zarpazo fugaz contra el manso ensimismamiento de las cosas. Ninguna dentellada; nada que abra una brecha en estas superficies que proclaman su lugar en el mundo: mis dominios inmunes, mi pequeña certeza cotidiana frente a las invasiones de la oscuridad. Y sin embargo surge la amenaza como un fulgor perverso, o como una estridencia sofocada; quizás como un latido a punto de romper la frágil envoltura de las apariencias. He cundido la impía rebelión en mi tribu doméstica, acostumbrada antes al ritual de mis manos y a la mirada que no ve. Los objetos adquieren una intención secreta en esta hora que presagia el abismo. Exhalan cierto brillo de utensilios hechos para la enajenación y el extravío, contienen el aliento para el ataque indescifrable, transforman sus oficios en esta exasperada, malsana geometría del suspenso. Son gárgolas ahora. Son ídolos alertas en muda interrogación a mi poder incierto. Se ha cambiado la ley: mis posesiones me presencian. Se han mudado los credos: el bello acatamiento se extingue bajo el sol de la sospecha. Y ninguna palabra que devuelva las cosas ilesas a sus humildes sitios. Y ningún catecismo que haga retroceder esa extraña asamblea que me acecha, este cruel tribunal que me expulsa otra vez de un irreconocible paraíso, recuperado a medias cada día.