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Puntos de referencia

He acumulado días y noches con amor, con paciencia ?ah, con ira también, un resplandor de tigres en la oscura desdicha?; los he petrificado alrededor del sitio donde habito, que no es más que una pálida espesura en medio de la enrarecida vastedad, una exigua sustancia expuesta a los pillajes y a la furia desatada del tiempo. He juntado vestigios, testimonios que acreditan quién soy, credenciales irrefutables como un juego de espejos en torno de un fulgor, certezas como cifras esculpidas en humo. Puedo afirmar que no hay bajo este cielo nada que no perdure por mis ojos y que un ínfimo insecto conserva su lugar de honor en mi muestrario. No soy menos que un topo; algo más que una hierba. Sin embargo no encuentro mi verdadera forma ni aun a plena luz, por más que me recuente, me recorra y persiga por fuera y por debajo de la piel. Siempre hay alguien en mí que dice que no estoy cuando me asomo, alguien que se desliza paso a paso a medida que avanzo hasta dejarme a ciegas, asida solamente a un nombre, a la ignorancia. Porque hay prolongaciones inasibles que llegan más allá, zonas inalcanzables donde tal vez se impriman las pisadas de Dios, subsuelos transparentes que se internan a veces en los jardines de otro mundo y al regresar expanden un perfume semejante al del alba. ¿Y esos bloques errantes, continentes en fuga como ballenas blancas que rozan las fronteras propagando el pavor y no regresan nunca? ¿Y qué fronteras rozan, si he forzado hasta el máximo la vista y el insomnio y donde me aventuro no hago pie, me pierdo en los abismos? ¿No he arrojado preguntas como piedras y amores como escombros que están cayendo aún, que no han tocado fondo todavía? Inmenso mi animal desconocido, mi armazón insondable, mi esfinge nebulosa. Y ningún emisario, ningún eco, que no sea este cuerpo inacabado. Toda una confabulación de lo invisible para indicar apenas que no soy de este mundo, sino tan sólo un testimonio adverso contra la proclamada realidad, una marca de exilio adherida a las grandes cerrazones donde comienza el alma, acaso con un himno, quizás con un sollozo. Pero dime, Señor: ¿mi cara te dibuja?