📜
Poema.es

Confesión piramidal

pirámides formando en un momento. Julián del Casal Si la distribución de los azules en este vértigo cónico, en vísperas de primavera sobre la colcha, espera todo de la música aunque colabora hacia el espejismo de finales plenos de sentidos, es que la vida trae sus manojos apretados, sus gavillas, el torneado turbante desde el cual el sol se escapa girando y no sabemos cuál es la relación entre 'arte' y 'vida' salvo cuando el pelo de una gata en celo se eriza. Si pudieras describir la vida como una colección de vestidos o crímenes que saltan a la vista: pienso en la foto de un indonesio atravesado en el cráneo por una bala, pero esta imagen que está a mi disposición, es una entre otras y en el espejismo, en las imágenes que mi cuerpo absorbe, en las que expele, una ola de piojos que a la luz tibia de la ventana aparecen en la piel del mono, se desmadeja una cabellera, fijada con coágulos de sangre contra un cráneo, pero los ojos no se corresponden con esa u otra imagen, son los ojos de la muerte, o más bien del estar muriendo: vértigo de la mujer que despierta en el techo de su automóvil hecho un nudo de hierros retorcidos, ve a su hija yacer a su lado y al querer tocarla advierte que nada hay donde un brazo había, que no tiene brazos, que ellos han sido abolidos como una hoja queda aprisionada entre las páginas de un libro; donde había un mundo todavía hay un mundo. 'Nosotros casi te hemos querido. Faltó poco para convencernos. Tal vez el problema no está en ti, sino en una nueva manera de ver que se ha ido insinuando últimamente. O bien, y esto tal vez nos permita ser más exactos: una manera de mirar que era la nuestra pero que ya no consideramos útil, o interesante, o posible proseguir. Tal vez los problemas de nuestra economía truequen las realidades de no digamos una década, sino de aquellos pocos meses anteriores a este brutal comienzo de la primavera. El aire mismo, es decir los altos repentinos en el clima de esta ciudad, los pináculos de sonido, la luz del sol en el agua de unos ojos verdes, a cierta hora de la tarde, cambia a algo tan incongruente como el cardigan de la hora de cenar. Y tu vida así, entre los crepúsculos instantáneos y los inciertos periodos de ceguera, transita calles que rápidamente han dejado de ser las mismas y todos los trastos de una incipiente parafernalia con sus particulares órbitas de interés, sus contrastes o divergencias dentro del espíritu de una época, cuando uno buscaba simplemente expandir o profundizar los límites de la comprensión y las condiciones del diálogo, se han vuelto ahora los mensajeros trasnochados de un cambio en que los indicios no revierten a un sistema, sino implican de súbito que los más inocentes sueños de imperio quedaron sin el menor chal con que cubrirse la espalda, es decir, sin la menor posibilidad de acuerdo, de sumaciones que los designios próvidos del principio del día nos hacen ver ahora como ruinas antes de que se hayan completado siquiera los cimientos. Pero la aventura es descrita en términos tan encantadores, los cronistas siguen hablando de una Florida de salutaciones; no ya salones y salones, decorados y amueblados según el gusto prolijo de los aposentos de invierno, donde el alba, tan temprano ahora, llega para mostrar el ligero desteñido o deterioro de los materiales más seguros, el terciopelo, por ejemplo, enroscándose en las borlas torturadas pero majestuosas de un cortinado, tras el cual el Príncipe de Urbino está envuelto como una crisálida frente al alba ya roja de desastres; o las almendras y el mazapán machacados en esta torta nupcial, o los caireles apelmazados con las columnas todavía verticales pero partidas, y las diademas, y el índigo del mar y el kohl de cejas y pestañas; las camisas arrojadas a una navegación de cuerpo perdido; el paisaje decapitado; el indistinto botín que un emigrado arrastra e incorpora, del cual caen fragmentos, joyas son robadas, nuevos frisos aparecen como un mar esmeralda o como el cono de un helado de menta. Entre la colcha desgarrada salen los pies indemnes, los pies de barro del coloso, prestos a calzarse de nuevo a la empresa del conquistador de turno, pies alados, pies cansados; pies que son en efecto el único despojo de la batalla.'