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Poema.es

Mella

No me habría detenido en ti si no hubieras estado al final de la avenida junto al kiosco de tiro al blanco donde pasan en correa patos de metal. Hiciste mella en uno. Fuimos al tren fantasma; en cada curva saltaban los muertos. Tus dientes con luz negra se enhebran fosforescentes. De repente no sé si hablamos o estuvimos callados, qué hicimos tan bien sin darnos cuenta. Sigo leyendo sin saber si estoy acompañado o estoy solo el contrapunto de ocurrencias de tu cuerpo, curso acelerado donde me devano por descifrar la trama de sucesos. La medalla sólo me llevó días enteros. Puedo comenzar con tu cuerpo, tazas del cielo por donde se descuelga una línea hasta los talones y plantas encallecidas, que al besar invertidas me dejan perplejo de que te hayan sostenido tan rudamente. Cola, grupa, lugar del mastelero, levantada esperando ¿qué? consagración de las primeras lluvias: tu Valparaíso, enorme boca de la bahía pacífica. Había terminado la serenata y no nos habíamos dado cuenta; ahora en silencio seguíamos tan acompañados como antes las historias tejidas por un enigma al desplegarse; cordón de dijes tirante sobre tu cuello ancho: resalta un cuerno, una lámina sin nombre, una raqueta de hilo de cobre entretejida con varios interiores flexibles donde hundo el dedo y sacas la lengua ex abundantia cordis. Me clava el triángulo pintado en tu espalda blanco sobre negro con un ojo negro sobre el blanco. Fumo tus cigarrillos y pito mariposa blanca alrededor de tu cabeza; página tras página va cayendo, indecisa, interrumpida cabeza de toca blanca acogida a los golpes de la habitación contigua contra el fondo verde luz de una tapa en la antesala de la biblioteca. Tu canasto, por no decir entrepierna lisa, oscura de patchouli, por donde empieza la curva hasta el cráneo, cuadrado dije de jade: aunque no queden dichas tus formas, al menos aludidas, me despido pero tú estás de nuevo. Lo simbolizado se reduce a una visión interior, quiero decir desde tus adentros: mella en las paredes de la gruta.