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Duodécima poesía vertical (29)

El soplo de luz, el temblor concentrado que brota de ciertos encuentros contradice a veces su propia brevedad y se extiende como una alquimia lenta por todo el resto de la vida. Poseer así para siempre algo que nunca se tuvo y nunca se tendrá, cambia la condición del hombre, modifica sus límites. Unas veces las manos se tocan y otras ni siquiera se tocan. Los ojos sí se tocan o algo que está atrás de los ojos. Pero poseer así, tocar así, abrevia un rincón de la eternidad y lo hace caber en la celda que habitamos. Tal vez esté allí la sabiduría del amor, rescatada de los incendios que lo devastan.