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Me acuerdo de las lágrimas de un día...

Me acuerdo de las lágrimas de un día demasiado hermoso, me acuerdo del icaco y de las nubes color de hoja de caimito, me acuerdo de aquella agua que bebía en el cuenco de viejas dulces manos. Limoneros y jiotes, qué bella era mi madre limpiándome en la frente la picadura del mosquito, bella como la estrella de la mañana, alta y lánguida, adornaba su pelo de mestiza con la flor del resedo y un olor a ricino y a sombra de almendro en torno de sus ojos. Me acuerdo de las lágrimas de un día demasiado hermoso, viejos rostros de antaño, y de la vieja lora muerta en el poyetón después del terremoto, de aquel tío delgado por el solo artificio de la mandolina. Mi padre montaba un mulo de ojos de caimito y traía las botas enfangadas, lo acompañaban siempre ángeles despeinados o bien hombres cuyos bostezos descifraban sus sueños en el alcohol prendido del domingo. Me acuerdo de aquel pozo, y de aquellas mujeres cabeceando en un sueño oloroso a papaya. ...Dios bajaba entonces y dejaba sin llave su vieja eternidad olorosa a diluvio. Mis hermanos ataban sus potros en la puerta y la casa crecía bajo frondosos palos, más altos que el recuerdo.