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El orbe de la danza

Mueve los aires, torna en fuego su propia mansedumbre: el frío va al asombro y el resplandor a música es llevado. Nadie respira, nadie piensa y sólo el ondear de las miradas luce como una cabellera. En la sala solloza el mármol su orden recobrado, gime el río de ceniza y cubre rostros y trajes y humedad. Cuerpo de acontecer o cima en movimiento, su epitafio impera en la penumbra y deja desplomes, olas que no turban. Muertas de oprobio, en el espacio dormitan las familias, tristes como el tahur aprisionado, y añora la mujer adúltera la caridad de ajena sábana. Bajo la luz, la bailarina sueña con desaparecer.