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El hombre, la palabra y el recuerdo

He aquí el hombre que acontece cotidiano como el pan o como el aire alfarero de la luz, el que renace de su propia simiente hasta la eterna condición de la palabra. El hombre vertebrado de esperanza que encuentra de repente entre las manos auroras boreales, la evidencia primera de las cosas y, alargando la verdad que le cabe en la estatura, derrumba las murallas del silencio con su sola presencia, con el grito que restalla empecinado por el pecho. El hombre que transe su cuerpo con la ausencia, el que raja el dolor como una hogaza y habiendo de beber, incontenibles, los vinos que añejaron su crianza en la honda oscuridad del desencanto, halla un límite capaz para el consuelo. El que un día cualquiera y sin historia -de tantos como quedan atrapados en la redondez opaca de los años- desanda las calles del olvido, la avenida más larga del recuerdo, llamando a los amigos por su nombre. El que al borde del amor -último gesto- es tan sólo quietud, tan sólo piedra y se sabe de raíz y añadidura.