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Tercer gesto

A Araceli, desde la vida Siento tus raíces en el pecho, una evidencia muy honda de que existes, la innegable verdad con que me habitas a la par que te tengo tan distante. Tus raíces en el pecho, acaso tronco, y en la piel imborrable el tatuaje de aquel viento que trajiste de tu mano a mis adiles en el tiempo más yermo de tu tacto. En el tiempo en que apenas ignoraba cómo y cuándo palparte por tus huecos, hasta dónde llegaban los perfiles, las aristas del amor que describías. Y en el cuenco de tus manos, en tus dedos, el polen primero de mi ausencia, un ansia vertical apuntalando los andamios con que tapio esta esperanza que las lluvias no derrumban, ni los años que dejan su constancia en el recuerdo. Lejano, tu olor es de una tierra que penetro y aparcelo en sus partes más pequeñas para hacerte más extensa en posesiones, para hacer de ti mi piel y, bien surcada, cubrirte de amor en la intemperie.