📜
Poema.es

Quevedo

¡Ah del convento! ¿Nadie me responde? Busco a un hombre que un día llegó aquí sin otra causa, al parecer, que haberle dado nombre a su dolor y no callar por más que con el dedo el peso del silencio le impusieran. Se llama Francisco de Quevedo y suele, por más señas, dar abrazos a sombras fugitivas, socorrerse de ajenas desnudeces e incendiarse el corazón de mucho amor cuando se mira al fondo de sí mismo y no halla cosa en que poner los ojos que no sea recuerdo de la muerte. Decidle, si lo veis, que guardamos su memoria en este parque donde hoy pudiera templar de cuerdas ruiseñores su fatiga dulce y su inquietud preciosa; resbalarse secreto entre las flores; aliviar sus furias y sus penas entre álamos y acacias, entre tilos, arces y magnolios, enebros, tamarindos, sauces y cipreses, pinos centenarios que en agrietadas cortezas testimonian el tiempo que ni mueve ni tropieza, aquella herida que duele y no se siente... Por él, estos troncos ya sin vida que una mano insensible condenó a ser asiento de su propia negación; aquel banco en que un anciano, vencido de sí mismo, pone al sol el alma a media tarde; los juegos de los niños que aún no saben de otros duelos de labores y esperanzas y afirman la vida con sus risas. Por él, la súplica callada de un faisán que no recuerda el límite del bosque; la oscura humildad de los gorriones, que nunca soñaron otro vuelo y se arraciman al borde del asfalto; la irisada vanidad del pavo real condenado de por vida a la belleza. Por él, el agua de un estanque detenida a fin de que el cisne se refleje en curvada ostentación de su figura; el agua en cascada de la fuente que tal vez quisiera ser espuma por no verse a diario repetida; o el agua del río con que fluye la sumisa, callada, inexorable canción de más allá de la ribera. Por él, este busto de piedra y el recuerdo que, insurrecto contra el tiempo y su dureza, al borde de su verso se detiene: «De piedra es hombre duro; de diamante tu corazón, pues muerte tan severa no anega con tus ojos tu semblante. Mas no es de piedra, no, que si lo fuera, de lástima de ver a Dios amante entre las otras piedras se rompiera.». 8 ?Enero- 94