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Poema.es

La luz oída (fragmento: vs. 1 a 40)

Qué dentro hay un sol. Cómo grana en el ataúd invisible del cuerpo. Cómo arraigadamente brilla, con qué penumbra de asombrado meteoro, con qué óptima quietud. Bosques en vilo esperan, junto al acantilado, que se vacíe el fuego que impregna la noche. Es la tea, cerrada, que regresa; es el rayo inverso que revela con su voz seminal las posibilidades del hielo. La ceniza se desangra. El cereal, acercándose, busca gargantas donde hurtarse a las ardientes lluvias, cimientos para el puente que sólo han de pisar los vivos, los inermes, los que han sanado. Toros que respiran como arcos tensados: aún no. Acérrimos caballos que optan por el seísmo: no. Agua que se vertebra, como un súbito cuello, o clavos que la hieren: todavía no. Tierra sin sexo que ofrece su vuelo, su lentísima energía, a los árboles impacientes; penínsulas faltas de sol y omóplatos, donde vertiginosos peces, inacabados todavía, ignoran el fluir de los sudarios. Es demasiado pronto para el tiempo. Los líquenes crecen en las saetas disparadas. Los fetos brotan como cardumen y esbozan fidelísimos músculos, pero encuentran, antes de concluirse, su cadáver exacto. Los galápagos son jóvenes como el frío. La carne es un minúsculo tren. El cielo se va. Los ojos, detenidos, son jazmines sin ímpetu. Sólo un viento de huesos que protestan agita los cuerpos indecisos para que vean cuántas ruinas en el latido, con qué germinación los sombras cristalinas vuelven a su semilla. El silencio contiene silencio de mar, pétalos de explosiones, eclipse de volcanes, fusiles que relinchan, cerveza inaudible; designa los sonidos, los piensa con paciencia de miel, con terquedad de proa, como si fueran, ay, el aire de un insólito cadáver o las ígneas mieses en cuyas simas se enamoran las águilas [?].