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Poema II de El barro en la mirada (fragmento: vs. 1 a 48).

¿Estoy muerto? Esta cólera vacía que recorre los túmulos del cuerpo ¿es el florecimiento de las sombras o lodo iluminado que profana, como un frío corcel, la pubertad de los signos? Este oro mutilado que se deslíe irremisiblemente hasta alcanzar la mácula del semen, que perfora los nombres como a nubes prohibidas, ¿son mis ojos acercándose al acero? ¿son légamo urgente como el tiempo? ¿o acaso oscuridad matinal, detenida en la serena tempestad de los labios, impregnada de danza y de paciencia? Realmente, ¿estoy vivo? ¿Por qué aquí, en el eclipse de las manos, renacen las ventanas como un tenue diluvio? ¿Por qué siento los errores del mar taraceándome como insectos sin amor? ¿Por qué, pese a la juventud del viento, hay cisnes vacíos en la orilla de mi túnica? ¿Por qué se recrudece el agua pétrea que habita en lo invisible, si aún no sé mi nombre, si aún no he bautizado la materia? Estoy solo, con los perros de la respiración, con los espejos devastados por hombres inaudibles, oyendo la oquedad de los martillos, las cóncavas espumas de la carne que ya, ahogadamente, se refuta, viendo morir los mástiles del yo y cómo de su muerte ni siquiera brotan exhaustas azucenas. Árboles inexorables en el pecho, árboles que se desnudan tenebrosamente en las simas diürnas, que perviven, en su habitáculo de orina y nieve, como un rumor de huesos ablandándose. Las pupilas intentan encontrar su voz; humedecidas por el fuego más oscuro, se extienden por las sábanas como átomos callados. Pero ¿quién las hirió? ¿quién reanudó su lluvia horizontal, sus dunas atacadas por lo perecederop? Ése que duerme a mi lado ¿soy yo? Y quien mastica mi podredumbre, ¿es hombre o nunca? [?]