📜
Poema.es

Poema II de La ordenación del miedo.

Caía como los reos, sembrado, quieto en las horas, con los pies enloquecidos. Veía ascuas silenciosas, savias incrédulas, nortes que morían entre sombras de cuerpo pidiendo líneas. Sólo intangibles palomas oyen la sangre que nunca naufraga, el níveo idioma que completa los muñones; sólo lejanas gaviotas construyen la luz sin nombre, la madera dolorosa que desata las pupilas; sólo el tiempo levanta olas sagradas, piedras en flor, enamoradas leonas: seres que niegan la arena, certidumbres que derrocan, como una hoguera de carne, los más sólidos aromas. Sin otra función que el beso, arroyos y areolas impiden que el tiempo muera y, arrepentidos, lloran como si el humo estuviese preñado de amapolas. El mar tiene ruedas; surcos, el cielo; madres sonoras irrumpen en las ciudades para que no queden bocas a oscuras, para que el trigo, como un símbolo, no rompa su intermitente sepulcro. La cristalina cebolla posee memoria; el páramo se hace blanquísima loma cuando se desnuda el aire; incluso el chacal y la orca, que nunca han visto el asfalto, saben que el hombre es todo hojas, que sus bienes, desmentidos por el viento, tienen forma de pánico. Caminando hasta la encendida aorta, lo creado inspira ríos iguales: se hace indolora la hulla, cía el aire, el ave es un leve latir. Toda la mar es centro, y la sangre, acuchillada, remonta los peldaños de la música hasta que una aureola de polen le da su lógica, la longitud de sus normas. En su propio cataclismo hallan su inicio las cosas. Los eucaliptos comprenden qué circular es su ahora. En las naranjas hay fuego, fuego de ropas furiosas, fuego lateral y abierto. Las larvas son una sola herramienta, que difunde la luz del sueño. Las rocas se transforman en crisálidas. Quienes viven ya no adoran ni los campos homicidas ni las heces de la alondra. La harina es celebración, estiércol vivo en la copa. Atrás, bocas incompletas, bestias que agonizáis, hondas como los dientes, entre urnas de bellísima ponzoña; acabad también vosotros, indolentes hematomas. Que las piras no procreen. Que el pulmón sólo recoja los solitarios fractales de la vulva poderosa; así renacerá el viento y sanará la luz rota; así la sangre olerá a mirada y las antorchas revivirán lentamente, como intactos axiomas, bajo el callado metal del útero y de las rosas. Está escrito en la hierba: es necesaria la aurora para que no muera el cielo; son necesarias las horas para que sobrevivamos al hierro. Los que enarbolan agua y fuego en polémicas nupcias, leche tenebrosa, que digan por qué nacieron, por qué jamás abandonan su sanguíneo misterio. En el centro de una gota está el cosmos; en el alma de una máquina, redondas cordilleras; en el luto más blanco, ríos que imploran un abrazo, una mirada; en una breve corola, memoria, y montes, y sol, y clavículas absortas en su propia oscuridad. Qué único el mundo, qué hermosa la mujer que se divide, cómo intercambian las lobas sus placentas vulneradas, cuántos pétalos, qué rojas, qué precisas las cesáreas. El plástico se transforma en un lúcido detritus. Se repliega la carcoma hasta sus nidos aéreos. Una lengua luminosa enseña cómo ignorar las quemaduras que asoman entre tanta desnudez, entre tan ardua caoba. Todo ha encontrado su rostro. La creación es una oda: ceniza en cuyas esquinas selvas de pájaros brotan.