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Conticinio

Los perros son esfinges de cemento opaco, figuras congeladas por el silencio raso. Todo calla en el barrio milagrosamente como un hechizo exprés decreto del azar. Porque como nunca la quietud es tan oblonga a punto de abarcar cosas y seres vivos: entes presurizados con la mano del hombre, ramas agitadas por el viento del mes. La cuestión es que no fluyen ruidos al bulevar de modo que uno escuche la brega de los desvelados. Cada quien se aboca al abismo de su página, a las tabillas radiantes que es todo libro abierto. No hay toque de queda más explícito o puntual que acodarse en la mesa a leer tamaño espejo. Calla la voz, y los susurros se inclinan hacia adentro como las confidencias de una oración nocturna.