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El lugar de los hechos (I)

En la plaza, con ojos de carnero, tocamos las mujeres que luego se desnudan para los debutantes en las piezas del fondo de los conventillos. Y esa mujer que mira con unos ojos que durarán por años, se puso boca arriba tomando uno por uno los temblores, como si se iniciara un nacimiento, para irse muy tarde con el bolso apretado debajo de sus brazos, escondiendo la cara y el miedo a nuestro miedo. Debió quedarse allí con su otra boca, pero estaba tan lejos. Sólo su sentimiento refleja en el cristal al ladrón inexperto de su antigua salud esa mujer y oficio que el tiempo hizo de humo sustancia o rara cosa boyando en un costado. Por algo la memoria voltea a esa ventana al correr de estos años en que mi tía grande va a morirse sin haber pasado ningún escollo más que las enfermedades de la infancia y una miopía que lleva tres generaciones incluyendo la mía que, en todo caso, no quiere morirse de miopía.