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Premoniciones para finalizar el siglo

En lo más crudo del invierno de 1981 encontramos en el único tiesto vivo que quedaba en casa una violeta minúscula que en pleno día sin sol de sí arrojaba unas sombras numerosas que se esparcían por el techo y por todas las paredes de la sala, desaprecían por las cuarteaduras y la hendija de las maderas, nuestras niñas dijeron que se fugrían a los manantiales: no era vivamente todavía la voz del hambre ni el diácono de las hroas que llegaban en su yegua con sus numerosas navajas barberas a raspar las cabezas o cepillar algún mueble cuyas virutas traerían a la memoria los años e abundancia en que el caracol echaba de sí grandes multiplicaciones y la luz nos confundía con aquellos limones grandes como vejigas de oro: mucho nos desalentó aquella flor y más aún la luz que caía sobre el plato rebañado con sus vestigios de otra luz a la que sucumbieron las grasas dulces de nuestras mujeres en sus faenas, la cópula dorada de nobles panes a la mesa y el enredo de cuatro peces quietos con su ojo de techo en los platos.