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Cul de Sac Valley (II)

En la grava del riachuelo empiezan las suaves guturales, en el valle, un perro mestizo que ladra una negra vocal emite óvalos que se desvanecen; junto a un puente de hierro rojo, trabajadores con palas rastrillan asfalto borboteante, cada áspero chirrido trae hasta esta altura una lengua que hablan, pero no saben escribir. Como la idea perdida del alma visible que aún arde aquí, sobre una tierra analfabeta, el humo azul se eleva a gran altura, su columna inalterada, desde esa cicatriz ocre del desmonte de una carbonera. La corteza de las nubes se abre como la de las hogazas envueltas en hojas de higuera en un ennegrecido horno de arcilla. En un barril de lluvia, el agua se alisa como un espejo; la hija de un árbol de la lima estudia en él su rostro. El joven árbol se desdobla en una muchacha que corre escaleras arriba desde el patio, para incorporarse a esta estrofa. Ahora las lágrimas se agolpan en sus ojos, lágrimas de un espejo, al tirar del nudo en su nuca el peine de su madre; ésta se da cuenta y dice: «En Su semblante resplandecen todos los valles.» Rápidas, sus manos peinan la trenza del arroyo. Las flores de tiza garabateadas en la pizarra negra del asfalto y la campanilla del hibisco le dicen que llega tarde, mientras el oleaje en las ramas crece como el cardumen de pupitres blancos y azules de la escuela pública, recitando este lenguaje que, sobre un encerado, la ciega como una página de fulgor sobre la carretera, así que, deambula hacia el silencio interior a lo largo de un rojo sendero que el bosque engulle como una lengua.