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Poema.es

Silabario escolar

No tenía dónde registrar el avance de mi trabajo salvo el horizonte, ningún lenguaje salvo los bajíos en mi largo paseo hasta casa, por lo que extraje toda la ayuda que mi mano derecha pudiera aprovechar de las algas cubiertas de arena de lejanas literaturas. El rabihorcado era mi fénix, yo estaba embriagado de yodo, una gota de la púrpura del sol teñía de vino el tejido de la espuma; mientras araba blancos campos de olas con mis canillas de muchacho, me tambaleaba al deslizarse el banco de arena bajo mis pies, entonces encontré mi más profundo deseo en las oscilantes palabras del mar, y el esquelético pez que era aquel muchacho tomó cuerpo en mí; pero vi como el broncíneo atardecer de las palmeras imperiales curvaba sus frondas convirtiéndolas en preguntas sobre los exámenes de latín. Yo odiaba los signos de escansión. Aquellos trazos a través de las líneas llovían sobre el horizonte y ensombrecían la asignatura. Eran como las matemáticas que convertían el deleite en designio, clasificando los palillos lanzados al aire de las estrellas en seno y coseno. Enfurecido, hacía rebotar una piedra sobre la página del mar; seguía barriendo su propia sílaba: troqueo, anapesto, dáctilo. Miles, un soldado de infantería. Fossa, una trinchera o tumba. Mi mano sopesa una última bomba de arena para lanzarla hacia la playa que se desvanece lentamente. No obtuve matrícula en matemáticas; aprobé; después, enseñé el latín básico del amor: Amo, amas, amat. Vestido con una chaqueta de tweed y corbata, maestro en mi escuela, vi como las viejas palabras se secaban como algas en la página. Meditaba desde el acogedor puerto de mi mesa, las cabezas de los muchachos se hundían suavemente en el papel, como delfines. La disciplina que predicaba me convertía en un hipócrita; sus esbeltos cuerpos negros, varados en la playa, morirían en el dialecto; Hacía girar el meridiano del globo, mostraba sus sellados hemisferios, pero ¿a dónde podían dirigirse aquellos entrecejos si ninguno de los dos mundos era suyo? El silencio taponó mis oídos con algodón, el ruido de una nube; escalé blancas arenas apiladas intentando encontrar mi voz, y recuerdo: fue un sábado casi a mediodía, en Vigie, cuando mi corazón, al volver la esquina de Half-Moon Battery, se detuvo a mirar cómo el sol de mediodía fundía en bronce el tronco de un gomero sobre un mar sin estaciones, mientras la ocre Isla de la Rata roía el encaje del mar, un rabihorcado llegó volando a través del entramado de un árbol para izar su emblema en los cirros, con su nombre, fruto del sentido común de los pescadores: tijera de mar, Fregata magnificens, ciseau-la-mer, en patois, por su vuelo, que corta las nubes; y esa metáfora indígena formada por el batir de los remos, con un golpe de ala por escansión, esa V que se abría lentamente se fundió con mi horizonte mientras volaba sin cesar más allá de las columnas, mordisqueadas por las ovejas, de árboles de mármol caídos, o de los pilares sin techo que fueron en tiempos sagrados para Hércules.