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Cul de Sac Valley (III)

Mediodía. Las secas cigarras gimen como los pedales oxidados de la máquina de su madre, de repente se detienen. Pétalos de lima vuelan a la deriva como retales en el silencio hilvanado; como el polen, su abundancia es su provisión. El mediodía perfila a un limero con una sombra irregular; su espalda está cansada de tanta simetría. La fila de esfinges sobre la que descansan mis ojos son colinas tan invariables como su pétrea pregunta: «¿Puedes decir en voz alta el nombre correcto de cada cordillera mientras cambian nuestros rasgos entre luces y nubes?» Pero mi memoria es tan corta como leve el sonido del mar, lo que vagamente recuerdo es una línea de arena blanca y vetas en la caoba de rostros curtidos y guijarros que murmuran en un río pedregoso, pero las preguntas al disolverse desatarán sus propios nudos?arroyos de montaña cuya grava enronquece con las lluvias? al igual que se relaja un leñador para escuchar como se abre el cielo segundos después del golpe de su hacha, los nombres se ajustan a su eco: ¡Mahaut! ¡Forestière! ¡Y a lo lejos, el ronco eco de hojas de Mabouya! Y, ¡ah! la colina se levanta y come de mi mano, el chucho ladra alegremente, repite una vocal tras otra, las ramas se inclinan ante mí, los dialectos aplauden al fluir hacia arriba la savia de la memoria.