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Dad limosna a Belisario

Durante muchos años la casa se asentó en tierra firme estrechándola bajo su peso, y creció con ella, y la tierra cuarteada en estío por el desplome de sus           músicas miraba entre torrentes de luz derramarse las fuentes; así al mirarla desde lejos surgía en la memoria el despliegue de las horas pasadas, la sucesión de las habitaciones y los objetos con su historia. Apresar el calor de un instante es haber vivido durante mucho tiempo en una inmensa casa: abandonarla un día hacia un país extraño y trasladar los muebles por el jardín desierto mientras quedan atrás los muros con su historia, el sonido del mar y las gamas del aire. Y sólo lo vacío sobrevive: los objetos menudos, lo que se puede trasladar y transmitir a otros; el pasado permanece atrás, inseparable del lugar en que tuvo vida, desplomado en el tiempo con su magnificencia de cadáver antiguo que al tocarlo se desmorona en una nube de polvo, acumulación de joyas sin sentido que luego redisponen otros, parodiando con mascarillas, pectorales y ajorcas los contornos de           un cuerpo. Apresar el calor de un instante es producir un día de olvido el deleznable milagro de recomponer el recuerdo con sus límites, oficiar para otros el triunfo de la ausencia. Para otros, porque quien asiste a su muerte diaria, al envejecimiento de la piel y su memoria, es ajeno a la liturgia de conseguir frente al papel con sus trastos de buhonero una ilusión de vida coloreada y presente como un Museo de Cera, esa evidencia de realidad que sólo en el lenguaje existe y se traslada en el tiempo rellenándolo con su carnalidad de serrín y de seda, creando para lo pasado colores y sentido, una entidad, incluso, de que no gozó nunca más que ahora, convertido en un brillante simulacro el fastuoso fraude en que el tiempo se anula; si es que el tiempo existió: si es que no es ahora real, más que entonces acaso, lo que el tiempo destruye, si es que no produce el lenguaje sus propios fantasmas que, proyectados hacia atrás, inventan una realidad posible de que ellos serían reflejo, puesto que de la nada nada se engendre, y hasta el torpe cadáver que las palabras           hilan ha de ser hijo de una realidad anterior en el tiempo. La casa permanece lejos, los ojos no lo saben y la memoria y la piel interrogadas responden a su idea con un vasto silencio; y un día volvemos a ella, contemplamos el pórtico: de nada es capaz la piel entonces; los muros son distintos. Y por qué pueda ser el poema lugar de una epifanía que la piel y los ojos ignoran, salvación de la muerte que proclaman la piel y los ojos con su silencio oscuro, dejando a las palabras su miserable tráfico.*Hemos puesto en cuestión numerosas gramáticas, leído hasta la saciedad la experiencia de otros y en fotografías borrosas perseguido su imagen inquiriendo un volumen para sus gestos planos, codiciosos de aquello de que era razonable esperar sabiduría, para obtener al fin un pobre patrimonio de terrenos baldíos, una corta colección de medallas y cintas símbolo de triunfos que ya nadie recuerda, juguetes con encaje sucio cuyos ojos hundidos remiten a una infancia convencional y anónima; y nos devuelve a ellos la vanidad del coleccionista que dice poseer con los objetos su alma; nos miran con fijeza de búhos disecados desde la redondez de su urna; una apariencia que es muerte y serrín y grandes ojos de vidrio. Las palabras nos envuelven en su manto de plomo, nos inmovilizan las manos con su cetro mientras la perspectiva de las gruesas columnas percute nuestros ojos en un punto preciso. Como perseguirlas fue un viaje por mar hacia las tierras vírgenes, cielos de color distinto y animales de fábula, y un día devuelven las olas el cadáver de un ahogado, recubierto de algas oscuras, con las órbitas huecas; arrojado a la luz, mira la fiesta de los sentidos y otras naves que parten, como un huésped procedente de un país donde todo es silencio.