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De la inutilidad de los cristales ópticos

Si las imágenes se apiñan en un recinto oscuro nada en ellas hay de movimiento (menos aún hábito de movimiento); sí en cambio los ojos de cristal que el taxidermista tan bien conoce, con su excesiva holgura en la órbita seca; un día han de invadir a medianoche los bulevares de la ciudad desierta, aterrando con su agilidad a los animales pacíficos, en una conjunción única que consagre el azar. El azar, aniquilando en su represalia de hondero el estupor del que alinea y su conciso cristal.