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El embarco para Citerea

Hoy que la triste nave está al partir, con su espectacular monotonía, quiero quedarme en la ribera, ver confluir los colores en un mar de ceniza, y mientras tenuemente tañe el viento las jarcias y las crines de los grifos dorados, oír lejanos en la oscuridad los remos, los fanales, y estar solo. Muchas veces la vi partir de lejos, sus bronces y brocados y sus juegos de música: el brillante clamor de un ritual de gracias escondidas y una sabiduría tan vieja como el mundo. La vi tomar el largo, ligera bajo un dulce cargamento de sueños, sueños que no envilecen y que el poder rescata del laberinto de la fantasía, y las pintadas muecas de las máscaras un lujo alegre y sabio, no atributos del miedo y el olvido. También alguna vez hice el viaje intentando creer y ser dichoso y repitiendo al golpe de los remos: aquí termina el reino de la muerte. Y no guardo rencor, sino un deseo inhábil que no colman las acrobacias de la voluntad, y cierta ingratitud no muy profunda.