📜
Poema.es

Marzo 10, NY

I Silencio blanco, sin pájaros, y los árboles al soplo (nubes) del ritmo del paisaje. Entre lo que surge y lo que se va, nieve deslíe la roca. Y el sonido del viento: voces inciertas que lejanas hielan nuestras dubitativas acciones. Una leve señal (un disparo) involuntaria se retira de la Idea. Desliz hacia la nada en un desierto (presiente ya el temblor). II Nuestras vidas se vuelven otras vidas, inacabadas como brillo de cristal inacabado, y recordamos lo fresco del rocío, ya hoja quebradiza. ¿Somos historia? No, la mancha invisible de la historia somos, humo de imposible transparencia, pero también el agua entre los robles. Mientras tanto sorbemos de la taza el amargo café en que nos detenemos, inclinados. III No historia, sino aliento en busca de reverdecidas ramas. Lloraste desleído el fulgor de esas ramas y tuve miedo de en lo oscuro ver con gélidos ojos de muñeca, barca en lago sin agua, barca vacía. De tus pupilas vi nacer el mar, claridad inefable. Años, túneles, torres electrificadas recorrerías para encontrar mis manos. IV El miedo es encontrar, pues encontrar es encontrar la propia semejanza. Pero también dudar, alucinado, no asimilar el sueño inexplicado. Interpretar los sueños todavía constituye nuestra peor pesadilla. ¿A quién representamos? ¿Qué parte del insecto encierra en sí el veneno? Cada estación, como cada palabra, trae su muerte --apenas alcanzada, remanso de espaciadas violetas. ¿Y el logos, Heráclito, para qué quiero un logos? Todo lo que busco es alojar la luz en otra luz? Que juntas, justas, den Negro. V Difícil encontrar la otra parte del fuego. No aguja en el pajar, ojo enhebrando. De seda el hilo, suelto el hilván, entrar y salir sin mancha dejar en la textura. Fina Angelina se acercó cada día al temblor de la ceniza extinguiéndose en los pasillos de las altas mansiones. Candiles sin brillo, mesa sin pan, deshilados manteles. Costras de cera recordándonos... Oigo los pasos de mi madre, el miedo. VI Ciruelo reflejado en los cristales, otoño cayendo, flacidez y deseo, contradicción de la naturaleza a vendavales volviendo a una primera imagen: el chorro cayendo entre las piedras, y el cachorro, su fuerte ternura, en la pradera al borde de la floresta, la saliva en la lengua de la leona, los círculos de fuego en sus ojos. Ay, existir siempre a destiempo. VII Sílabas con aroma de jazmín, tiestos cansados y gastados cimientos, sentimientos que revivimos sin conseguir acomodar en relación con qué casas deshabitadas. A las cinco el silencio del sacrificio y la luz sobre el gallo, campanadas sobre el húmedo pasto, insectos en las hojas y el grito de las urracas. Ecos de Dios, ¿de Su palabra? Morimos muy abajo del cielo, ancestral distancia que nos hunde en la primera y única raíz: amanecer, sonidos. Cielo de espejo, tierra de sepulcro. No hay conclusión, no hay final. Hilo y textura, la luz del fruto, fría, dentro de mí. VIII Mejor ceder al resplandor del horizonte, irrefutable. Sueño de Dios la vida, no en paz los dioses que inventaron la guerra y la palabra, legado de los muertos. El fuego nombra. Con él hablamos acerca de la luz, hablamos, con él, luz. El compartir engendra el primer rayo de sol, como el que veo caer sobre el marrón plumaje del gallo (negación). Hablar de Dios, hundirse en la incertidumbre. IX ¿Medir nuestros sentires? ¿Cómo? No hay medida para el miedo del alma. Veces hay en invierno en que el secor aún arde. Yo vi la luz en él, arreciando. Frías sus manos hablaban de lo irreversible. El colibrí se nutre de la flor, pero nosotros sólo de deseos. En silencio miramos blanco el cielo y ocasional un vuelo dispersa lo violeta del paisaje, para un sol que de golpe húndese sin saber que ya antes ascendía. X De raíces nos habla esta luz cuyo ser se pierde en el frío corazón del agua. Oigo y no oigo, entro sin entrar a la serenidad del mar tendido hacia el silencio o risco de la noche. Sombra la luna de agosto, vuelo de un ave, todo acercándose. Realidad que no alcanzan nuestras vidas. Nueva York, 2000 (Poemas inéditos proporcionados por la autora)