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Panamá defendida (II)

II La Patria venía andando como el agua, del tiempo de los hombres. Como de las edades las herrumbres, venía del silencio; de las pesadas ubres del sollozo. Venía con los siglos, con las anunciaciones de las voces antiguas, los despeños de la carne insepulta. Andagoya. ¿Recuerdas? Los indos te contaron la fábula, la crónica perdida, los encuentros primarios con la muerte. Con Cristóbal navegó la conquista, la borrasca inicial. los primeros chubascos de la guerra. Entonces fue la angustia. de la chonta el lenguaje por las ruinas, el tóxico festín de los detritos. El tiempo cuando Ojeda amontonaba de niños degollados los cadáveres y guirnaldas diabólicas de cráneos eran los caseríos... Cuando Nicuesa era un lamento echado al mar... Y fue cuando Panquiaco de brumosas regiones señalando las empinadas cimas, así dijo a Balboa: Allá donde terminan las solemnes aguas del Chucunaque, más allá del macizo valle donde Careta tiene sus poderíos. Cerca de los pantanos insalubres de Ponca, hay un mar generoso, un imperio profundo. Allí del altiplano las soledades mueren al golpe enardecido de los vientos perpetuos. Tristes, ácidos, amargos, moribundos por las abandonadas sembraduras, por donde las caídas hojarascas y las sangrientas noches agítanse furiosas; en los atardeceres lentos, lúgubres, cuando cohabita el puma. y el zaino en el invierno luce sus harapos... inútilmente los caciques convocaron cabildos, a las sombras reuniones de sus dioses. Mas todo fue agonía, pérdida dolorosa de la tarde.