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Poema.es

Canción a una muchacha ajedrecista muerta

Llueve sobre el verano del tablero. En blanco y negro llueve sobre ti. Nadie controla tu reloj: te espero para jugar allí. ¿Tú mueves o yo muevo? Quién lo sabe. Quién sabe si allá juega o juega aquí. De pronto tu tablero es una nave que te lleva y nos lleva hacia un jardín. Hacia un jardín remoto de caballos que inmóviles nos miran, y a un alfil que negro lanza rayos, rayos, rayos, y hace mil años que está de perfil. Hacia un jardín remoto de tres torres donde una dama blanca va hacia ti, te llama a ti, y tú hacia ella corres y no hay en ella fin. Donde un peón ha roto ya los sellos y te ciñe las sienes de marfil, y un rey recoge ahora tus cabellos para cubrir con ellos su país. Hacia un jardín remoto al mediodía, donde el agua se tiende en su dormir, y ya no hay sed y nunca hay todavía y hay un árbol de sol en el jardín. Sólo que tú no estás. Y está la luna cayendo interminable en el jardín sobre las soledades de una cuna. Y hay olor de silencio y de partir.