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Poema.es

Canto de partida

¡Recíbeme, recíbeme en la noche, oh viejo viento de junio, mientras regreso bajo las suaves estrellas silenciosas; viento amado del invierno, viento de lluvia y eco, recíbeme hasta el último suspiro de tu pecho, y, ahora que regreso, oh noche, espérame en tu puerta! Y de improviso todo el viento se ha soltado, todo el viento se ha puesto a gemir por la tierra, pero a mi lado, mientras regreso, alguien resguarda mis pasos, y siento una suave sombra venir hasta mi encuentro. ¿Eres tú, fuiste tú, eres tú en esa noche, eras tú en esa triste, delgada espera sombría, eras aquel fantasma que surgía en mi cama a medianoche? ¿O eras una mañana llena de fugitivos pájaros que pasaban amándose sobre el asfalto fresco? ¿Eras tú, fuiste tú esa pequeña llama que por mi espalda sentía silenciosa? ¿Eras tú, amor final, amor que nunca resbaló por tus ojos -¡oh luz ausente y querida!-, eras como ese encuentro que el amor abre a tajos para dejar ternura con soledad y frío? No, no eras eso. Pero tal vez fuiste eso. Tal vez abres los ojos para mirar la suave luz de otra primavera pasada por tus ojos; tal vez sientes de nuevo que el tiempo no ha pasado por tu cuerpo delgado (o que tal vez ha pasado), tal vez preguntas algo, y en tu boca se duerme como otras veces la trágica y oscura luz de la ausencia. Amor olvido, amor lluvia, amor deseo, amor distancia: he regresado a mi casa, atravesando el parque silencioso, bajo las sombras de junio -cansado y solitario-, mientras giraba todo en mi cabeza como las hojas que escapaban: cantando por adentro, pensando qué es lo que fluye, qué es lo que parte, qué es lo que vuelve; y aunque me he perdido sin nada, con algunos nobles amigos, sin poder retener lo que vivieron y amaron y compartieron conmigo, pido sólo el temblor del viento entre la tierra húmeda de este parque bañado por los pasos fugitivos: amor viento, amor agua, amor distancia. Temblando fue la estrella recorrida, temblando. Temblaba el cuerpo estrella ceñido entre mi labio. Temblando mi distancia se acercó a tu distancia. Temblando entró el recuerdo desde que nos encontramos. No quiero volver, no quiero regresar a tu vida, pero tal vez quiero volver a tu distancia. ¿Recuerdas que me hablabas desde un lugar lejano, aunque estuvieras cerca? ¿Recuerdas que estudiabas con tormento cuando en el patio la lluvia empezaba a caer, menudamente, y los viejos compañeros corrían a refugiarse al corredor marmóreo y espectral, en la luz del invierno? No, no recuerdas, pero yo recuerdo el vidrio frío donde apoyaste tu mano para dejar apenas una ráfaga triste y encendida y lejana. Y ahora ha llegado junio y en la noche callada miles de corazones duermen en la penumbra, y recuerdo la dorada leyenda de los años de juventud furiosa en la ciudad, las tardes de verano ardoroso, los pies sobre escaleras de metal, los avisos eléctricos cansados con pupilas de rojos párpados, los libros de poesía mordidos en la noche. ¡Y ahora, adiós, adiós calles, adiós conversaciones sobre el destino del hombre, adiós señuelo amargo que encandiló los ojos de nuestra adolescencia, adiós suave medusa, adiós puerta cerrada! Es la hora, es la hora en que debemos morir; es la hora para rodar en la noche abrazados, besando de estrella a estrella, de furia a furia, de hueso a hueso; es la hora para apretar la angustia de pecho a pecho, para dejar la muerte derrotada, perdida, moribunda en el suelo; es la hora para morir cantando de nuestras muertes; es la hora para que tú dejes tu muerte entre mi muerte, amor, amor mío. Quiero el amor dejar escrito entre tu pelo, quiero dejar ardiendo tus ojos silenciosos, para que no haya olvido, porque es la hora en que debemos morir, es la hora de la partida, sí. ¡La hora, la hora, por favor! ¡La hora, por favor, dígame, dígame el tiempo para rodar cantando, apretados, mordiendo, para rodar los dos en una sola muerte!