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Poema.es

Retrato de una estudiante

Todas las cosas del tiempo, todas las cosas del viento, vibran entre las suaves calles en el crepúsculo. Nombres derramados, habitaciones solas, viejas conversaciones derramadas un día, voces de mis parientes, una tarde que sale desde el mar sumergido, la soledad de la arena a mediodía bajo la luz del sol ardiente: sobre el caudal lejano de mi memoria irrumpen, mientras escucho ahora las campanadas hondas surgir desde muy lejos y el tiempo que se lleva sobre el río las cosas del hombre y su trabajo. Fluyen, caen, se escapan las vidas silenciosas, y sólo el río se oye rodar bajo la noche sin detenerse, oscuro, en dirección al mar, al mar que muere un poco. ¿Es el viento el que aúlla sobre la mar delgada de las caras marchitas? ¿Es el viento el que escapa sobre las hojas muertas que arrastran sus tormentos, en el oscuro y triste mes de abril que presencia las cosas desvanecidas, la caediza estela de la niebla moribunda? No hay presencia en su cuerpo; no hay ríos, ni tierras, ni barcos, ni crepúsculos; sólo hay un tiempo amargo que miro aquí en la tarde bajo la luz eléctrica mientras allá en la esquina dos estudiantes pasan cantando suavemente. Y ahora irrumpe, irrumpe la cansada vida de mi memoria, y ahora pienso, leo, y mientras canto, o me miro al espejo, o rezo, o cuchicheo grises palabrerías con una vieja amiga, escucho ya los sonidos silenciosos del pueblo de mi infancia, oigo las notas, miro los rostros y los gestos de mi familia, y vuelve su rostro joven; su mirada regresa entre los ecos de la calle, penetra mis ojos que le vieron partir oscuramente. Quisiera recordar tantas cosas: el amor desolado que yo entregara un día; cómo quisiera darle la ternura, entregarle palabras como las que él mismo un día me dejara, y no esta cansada lejanía que escucho rodar desde la noche, ahora que contemplo las construcciones rojas de ladrillos que esperan una vez que el día ha terminado. Y recuerdo un tranvía que rodaba, metálico, con su carga cansada -a las tres de la tarde, un día de verano ardiente y doloroso-, y en la calle quedaba el silencio, la siesta del sometido asfalto. ¡Escucho las alas del tiempo que desciende en mi pobre cabeza! Una, dos, tres veces siento el batir de sus alas: ¡Una vez en la noche! (Hasta que el tiempo vuelva.) ¡Dos veces en la noche! (Hasta que el tiempo escape.) ¡Tres veces en la noche! (Hasta que el tiempo muera.) Y ahora veo a mi madre, los vestidos usados, las canciones de una tarde en la sombra para el tiempo angustioso; miro los escenarios que un día frecuentaba, el telón, las butacas, esperando, esperando, las clases interrumpidas, las gloriosas mañanas, la música querida; y todo se aleja cabalgando de mi memoria ausente, y todo vuelve lentamente a traerme un poco de nostalgia y de alegría efímera. ¿Es el viento el que pregunta en la noche? ¿Es el viento, es el viento el que interroga sobre mi triste y débil cabeza de muchacha, es el viento el que reúne estas cosas lejanas en mi cama pequeña? ¿Es el viento el que escapa cerca del patio viejo? ¿Es el viento el que vuelve? No. Nada vuelve. Nada ocurre. Pero todo sucede a veces en la noche. Y si regresa el tiempo una vez, dos veces, tres veces, en la noche: ¡Una vez en la noche! (Hasta que el tiempo vuelva.) ¡Dos veces en la noche! (Hasta que el tiempo escape.) ¡Tres veces en la noche!